Como dice la famosa canción: “El sonido del silencio  …el que no quiero escuchar”

Afortunadamente, entre más silencio hay, más sonidos escuchamos.  Al reflexionar lo que significan y cuantos sonidos escuchamos podemos darnos cuenta que la gama de sonidos es tan amplia como queramos que sea.  Definir cada sonido es un regalo de la naturaleza que nos rodea en cada célula de nuestro cuerpo.  Comencemos por escuchar nuestro propio corazón. Cuando estamos listos para dormir y recoger los pensamientos al reflexionar en nuestra propia naturaleza podemos escuchar esos pensamientos que nos hablan.

El sentido de la audición permite que todas las personas que lo hayan desarrollado en forma correcta (y no lo hayan perdido) sean capaces de identificar con mayor o menor exactitud el origen de los sonidos que perciben.

La propagación del sonido se realiza por medio de ondas que necesitan de un medio para propagarse. Un medio puede ser el aire o el agua, por ejemplo. Las ondas se distinguen entre sí mediante determinadas magnitudes físicas.

Son estas magnitudes las que hacen que ciertos sonidos puedan ser perceptibles para una persona joven y no para una de mayor edad, o que algunos puedan ser escuchados por ciertos animales y no por las personas.

El hecho de que el ser humano forme parte de la naturaleza vuelve muy difícil una clasificación entre los sonidos que se producen por su presencia de los que se producen en la naturaleza sin ella. Sin embargo, un criterio sensato para calificar a los sonidos en sonidos artificiales y sonidos naturales es pensar cierto grado de intervención humana que vuelve a un sonido más artificial que natural.

Podemos clasificar los sonidos en agudos y graves; fuertes y débiles.

Es interesante ejercitar esa maravilla que poseemos: la audición; y que, a través de ella podemos identificar y transportarnos a diferentes lugares al mismo tiempo.

En San Blas, escuchamos las olas del mar, más especialmente al anochecer. Cuando estamos recogidos en nuestras casas las podemos escuchar abiertamente, y que sensación de calma nos brinda adivinar el vaivén de ellas.  Al mismo tiempo llegamos a reconocer su sonido si hay marea alta. Igualmente escuchar la brisa, causa sosiego.

Y qué belleza es escuchar los truenos durante una tormenta tropical. El escuchar el trinar de los pájaros, las tan vistosas guacalchias, y al amanecer el cú-cú de las palomitas, las que abundan en nuestro entorno.  Igualmente detectamos el zumbido de los molestos zancudos. El sonido del silencio, nos permite comulgar con la naturaleza, diariamente. Es por eso que el privilegio de vivir en /o visitar San Blas es tremendamente reconfortante, acercarnos a la naturaleza en su totalidad.   Y que me dicen de los gallos que cantan su qui-qui-ri- qui-qui!!!!   A lo lejos…   a las 5 am, cuando lo que queremos es solo conciliar el sueño, en un fin de semana en San Blas.  y descansar de los molestos ruidos (sonidos) de la ciudad… Sonidos artificiales molestos, zumbidos y ronroneos de motores de automóviles, de buses, y hasta el sonido de los aviones. 

¡Qué privilegio poder escuchar los sonidos de la naturaleza en Nuestro bello San Blas!