¿Te has preguntado por qué se celebra el Día de Muertos? Esta celebración nos recuerda cuán finitos somos; no obstante, también nos enseña que la muerte es parte de la vida y debemos festejarla. Este día se festeja en muchos países latinoamericanos. Acá en El Salvador es día feriado para que la gente pueda ir a “enflorar” al cementerio, limpiar las tumbas y llevar flores. Es un día folclórico y colorido. La celebración de vida, recordar a nuestros seres queridos e inculcar esa tradición a nuestros jóvenes y pequeños.

Una de las delicias del día de los muertos es la confección culinaria de las hojuelas, las que son elaboradas con harina, en forma redonda, delgaditas y muy tostaditas, y se comen con miel de dulce de atado. La tradición de comer hojuelas en el día de los muertos, traspasa el tiempo, ya que se encuentran en cualquier momento y en cualquier día. Otra delicia que se come este día es el ayote en miel.

El culto a la muerte y el Día de Muertos han estado presentes en muchos pueblos a lo largo de la historia. En México es un legado ancestral que puede verse en las distintas culturas prehispánicas. Se puede apreciar la reverencia que se le hace a través de la película COCO.

Los orígenes de la tradición del Día de Muertos son anteriores a la llegada de los españoles, quienes tenían una concepción unitaria del alma, concepción que les impidió entender el que los indígenas atribuyeran a cada individuo varias entidades anímicas y que cada una de ellas tuviera al morir un destino diferente. Tras la conquista, la unión de las creencias indígenas con el catolicismo español forjó un carácter religioso único, colorido y que conservó en cierta forma los recuerdos ancestrales de las viejas tradiciones precolombinas.

Celebraciones en Tonacatepeque, El Salvador.

Estas se efectúan la noche del 1ero de Noviembre, víspera del día de los muertos. El gritón de medianoche, las almas en pena, la llorona, el diablo, el padre sin cabeza, el juez de la noche, la siguanaba, el cadejo y la muerte son algunos de los personajes que llenan las principales arterias de Tonacatepeque en una mezcla de fiesta y llanto por el recuerdo de los se han ido y ya no volverán, más allá de la memoria. Los personajes se desplazan en las carretas a las que han dedicado muchas horas de trabajo para que la propia destaque entre las demás, ya que al final del recorrido, las mejores serán premiadas por la alcaldía. Para lograr el ansiado premio, que no es más que el reconocimiento por el trabajo bien hecho, los participantes se esmeran en adornarlas con candiles encendidos, huesos y gruesas cadenas en las ruedas para conseguir el más estridente de los ruidos, ya que este es un requisito importante para recibir el ansiado galardón. La tradición, con una larga trayectoria, dejó de celebrarse durante la guerra civil de El Salvador (1980-1992), pero años más tarde fue retomada con más fuerza y continúa hasta el día de hoy.